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RAFAEL

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Llego, toco timbre, le reconozco la voz. Rafael Spregelburd me abre la puerta.

Cruza un living amplio, sube dos escalones, gira y frena – sólo por unos segundos- frente a la mesada de la cocina. Lo sigo. Hablamos del tráfico, de lo complicado que podría haber sido llegar a Almagro un día moyanista y de lo fácil que fue viniendo de Villa Luro.

– ¿Villa Luro? Yo viví ahí hasta los diez años, alquilábamos. Después mi mamá compró una casa en Merlo y nos mudamos. Tuve que cambiar de colegio y bueno, de amigos.

No la miró cuando la nombró, pero la mamá estaba ahí. Sentada al lado de un bebé de no más de seis meses que, deduzco, debe ser Antón.

Le comento que vi una foto de él y de su hijo en el especial de una revista por el Día del Padre. Y eso basta. Sonríe, se acerca, se agacha, lo acomoda, le toca la cabeza. Sí, es Antón.

– Rola… aprendió a rolar. Esto no lo hacía antes. Es bueno que role porque si mientras está durmiendo algo le molesta -hace una seña como si tuviese algo en la cara- la frazada o algo, puede rolar. Hay que estar muy atento sino con esas cosas.

Lo dice para él. Se le escapa de los labios como un pensamiento en voz alta que lo tranquiliza. Lo dice rápido, esquivando aclarar qué pasaría si no rolara, si no lo vieran justo cuando la frazada lo molesta. Orgulloso, lo mira y le sonríe: su pequeño Antón ha adquirido una nueva habilidad que podría salvarle la vida.

Vuelve. A sí, a la cocina de su casa, a la charla. Me ofrece agua, un té, me cuenta que viene de llevar a su bebé a una audiometría y que a las 17 tienen turno con el pediatra. Pone la pava eléctrica, prepara una mamadera. Busca, revuelve unas cajitas, y encuentra: hebras de frutos rojos originarios de Alemania.

Es esa combinación, la leche tibia en una mano y la infusión europea en la otra, lo que hoy lo define. La paternidad y sus obras esparcidas por teatros de Alemania, Italia, República Checa -sólo por nombrar unos pocos ejemplos-. Un bebé y varias ofertas laborales que requieren un vuelo en avión de más de doce horas de por medio.

Al menos por este rato, Antón queda al cuidado de su abuela. Rafael deja la mamadera preparada sobre la mesa y subimos a su estudio a tomar el té alemán.

Quiero verlo a él. Al Rafael que está por detrás de todo eso que ya sé. Y entonces -hago un primer intento-  le pregunto cómo fue. Cuándo supo que quería ser actor, escribir sus obras y viajar por el mundo, cuál es el secreto, y me preparo mentalmente para una respuesta que imagino reveladora. Pero no -o sí-. Piensa unos segundos y, con algo de inercia, me dice:

–  Nunca tuve una inquietud muy clara con respecto al teatro. De hecho, no era mi vocación sino sólo un entretenimiento como cualquier otro. Jamás pensé que me iba a dedicar a esto. Yo creo que, de todas las ramas del conocimiento en las que me había probado, elegí la que peor me iba. Era muy tímido y lo sigo siendo. No tenía condiciones para actuar. Pero me parece que esa es una de las características de mi personalidad: siempre me dan curiosidad aquellas cosas que no sé cómo van a ser, que se me presentan como un desafío.

Y así fue. A pesar de haber sido uno de los mejores promedios del Nacional Manuel Belgrano de Merlo y de haber conseguido una beca para estudiar física nuclear en el Balseiro, Rafael se metió a hacer el curso de ingreso al Conservatorio. Y lo reprobaron por seseoso.

No puede con su genio y agrega:

– Igual, sigo sin entender por qué para actuar uno no puede ser seseoso, si en realidad nosotros hablamos con una “s” que no es la correcta.

El hecho es que, seseoso y todo,  el intento fallido de entrar al mundillo teatral académico no bastó para amedrentarlo. Se anotó en el taller de Daniel Marcove, su primer maestro de actuación, y fue él quien percibió algo y le recomendó estudiar dramaturgia con un tal Mauricio Kartun.

–  A fin del primer año, él proponía a sus alumnos que escribiéramos una pieza  para poner en práctica lo que habíamos aprendido en el taller. Y yo, con esa primera pieza, gané el Premio Nacional. Lo cual fue una especie de escándalo para mí. Mauricio era un gran fanático de esa primera obra mía. Pero yo tenía 19 años y, si bien estaba contento, no sabía si me iba a dedicar o no a esta profesión. Dos años después, la obra fue elegida por el Teatro San Martín y fue estrenada por Roberto Villanueva y un gran elenco. Ahí, con 22, comencé  a pensar que tal vez debía empezar a hacerme cargo.

Trato de entender lo que estoy escuchando. El interés por la física, la beca en el Balseiro, el ingreso fallido al Conservatorio, Marcove, Kartun y el Premio Nacional. Y 19 años. Le pregunto si ya escribía desde antes o si fue en el taller donde descubrió esa faceta que culminó en premio.

– Escribía boludeses, trabajos para la escuela. Una vez escribí un cuento que ganó un concurso de la Editorial Colihue y me lo publicaron en una antología. Pero no pasaba de eso. Recuerdo a mi profesora de orientación vocacional que, aunque yo insistía en buscar otras opciones, me decía que iba a ser escritor. Eso me fue muy revelador. Al fin de cuentas, hay que hacer lo que uno quiere. Después se verá si sos bueno o no. Mucho más complicado sería pensar que como yo hubiese podido ser un buen matemático, debí haberme dedicado a la matemática. Cuando, a lo mejor, ahora estaría viviendo una vida que no es la mía.

Sí, me convencí. Creo que él podría haber sido lo que quisiera. Pero algunos hechos afortunados lo empujaron hacia el teatro. Y aquí lo ven. ¿Suerte? ¿Talento? De todo un poco. Pero, sin duda, resultó.

El estudio de Rafael tiene un ventanal grande, con algunos vidrios de colores, desde donde puede verse el jardín de la casa.  Hacia la derecha, un escritorio lleno de cosas -entre ellas, la revista con la foto por el especial del Día del Padre y la computadora, que asoma con una imagen de sus gatos de fondo de pantalla-; la puerta de entrada; un gato dibujado en papel y pegado a la pared que lo felicita por su cumpleaños; una biblioteca -donde buscó y no encontró la antología de Colihue que contenía su cuento ganador-; una pila de CDs y, de nuevo, el ventanal. Rafael, de frente a los vidrios coloridos que dan al jardín, está sentado en la silla que habitualmente usa en el escritorio. Frente a él, y de espaldas a la ventana, tomo mi té desde un pequeño sillón. Entre nosotros, una silla que sostiene  una bandeja con masitas.

Charlamos. Un rayo de sol le da en los ojos y arruga un poco la cara. Sin dejar de hablar, corre su silla de rueditas hacia un costado. Pero el sol lo sigue. Así que vuelve a arrugar un poco las cejas y se mueve hacia el otro lado. El gesto lo aniña, lo arrastra a Villa Luro. Me lo imagino en miniatura. Jugando a la pelota con sus amigos del barrio -esos que tuvo que dejar- , corriendo al sol y poniendo caras muy parecidas a las de recién cuando un rayo de luz lo molestaba. Pero no. Me acuerdo de ese dato particular que leí sobre él alguna vez y caigo en lo inverosímil de mi imagen mental: Rafael jugó al fútbol por primera vez a los 40 años.

Su primer gol -sí, el primero de su vida- lo hizo un par de meses después de su debut. Recuerdo aquel texto que escribió relatando la experiencia y retomo el tema con intriga. No entiendo cómo ni por qué nunca había practicado uno de los deportes más comunes entre el público masculino. Pero a él casi que ni lo sorprende. Tiene la vaga idea de que el fútbol en su colegio estaba prohibido por algún motivo que desconoce. Pero de todas maneras aclara que a él le gustaban otras cosas, como las hormigas negras, los mapas o las expediciones que llevaba a cabo con sus amigos del barrio en las casas que derrumbaba la construcción de la nueva Autopista.

Fue recién hace dos años, cuando un grupo de dramaturgos alemanes le pidió que forme un equipo de autores argentinos para jugar un partido en la Feria del Libro de Frankfurt. No está muy convencido del motivo por el cual aceptó la propuesta. Pero lo hizo. Y fue ahí, en esos entrenamientos en el Parque Sarmiento, mientras sus compañeros y colegas se preparaban mental y físicamente para el desafío, que él aprendió todo lo que omitió preguntar de chico: La ley de orsay, las funciones de cada jugador, la lógica y la mística del fútbol.

A los alemanes les ganaron 1 a 0. Después vino ese glorioso primer gol un martes frío de junio, y más tarde -al fin- la entrada del pie-pelota en su vida cotidiana con los partidos amistosos que juega con sus colegas todos los martes.

-¿Cómo fue que conociste a los directores alemanes para que ellos te encarguen a vos el armado del equipo?

– En el año ´98 yo fui elegido por el Royal Court Theatre -lo pronuncia con una perfección exagerada que sólo se justifica cuando me cuenta que es traductor y que durante varios años trabajó como profesor de inglés-. Éste es el único teatro estatal de Londres que se dedica a la dramaturgia. Me ofrecieron una beca para participar en la Residencia de Verano que hacen todos los años, en la que citan a un dramaturgo de cada país. Particularmente, ese año fue, según dicen ellos, una selección de lujo. El hecho es que yo ni siquiera me había postulado. Fueron unas recomendaciones mixtas que les llegaron vaya uno a saber de dónde. Y como ese era justo el año en que Argentina reestablecía relaciones diplomáticas con Inglaterra, a la cancillería le convenía que hubiera un argentino en ese curso y me pagaron el pasaje. Fue en ese taller donde conocí a directores muy importantes de todo el mundo, sobre todo de Alemania.

De nuevo, un destino no buscado que lo interpela. Y que él capitaliza a su favor.

Me cuenta que fue en ese taller donde se hizo amigo de autores de Londres, Alemania, República Checa, España, Francia, Suecia y Canadá. Y que cada uno se convirtió en difusor de la obra de sus colegas en su país de origen. Que también fue a partir de esa experiencia que conoció personalmente a Harold Pinter y a Sarah Kane, y que es por eso que tradujo varias obras de ellos para Latinoamérica.

Inevitablemente el nudo por fin se desata. Y Rafael, con claridad, dice:

– Es todo una cadena. Lo cierto es que, naturalmente, esta cadena no funcionaría si alguno de los eslabones se rompe. Es decir, si tu obra no tiene calidad pero la Cancillería igual te apoya, no pasa nada. Si tu obra es muy buena pero la Cancillería no te paga los pasajes, tampoco llegás a ningún lado. Me parece que es eso. Una serie de casualidades, por un lado, y de trabajo metódico, por otro.

Y así es como, con 42 años y algunos meses, Rafael pasa sus días actuando, dirigiendo y viajando por el mundo para hacer ambas cosas pero en otras latitudes. Todo esto y más hasta que un día entró en escena un pequeño individuo que le dio vuelta la vida.

–  Modificó todo. Las prioridades. Antón fue un bebé muy buscado y deseado en determinado momento. Nosotros -él y su esposa- estamos juntos hace veinte años y recién ahora decidimos tener un hijo. Nuestra prioridad fue siempre la carrera y ahora no lo es. Lo más difícil es todo el trabajo que debo rechazar. La mayoría de las cosas que me ofrecen me interesan. Este año, de todos los viajes que me han ofrecido para ir a trabajar afuera, sólo pude tomar uno, para el cual vamos a ir a Italia el mes que viene. Antes era muy chiquito para viajar. Pero pensamos que él puede hacerlo y que está bueno que empiece a entender de a poco cómo es la vida que le tocó en suerte.

Me acuerdo del té alemán -del cual ya queda poco y nada en la taza- y de la mamadera que debe estar disfrutando Antón en el piso de abajo. Una dicotomía nada sencilla de resolver.

16.45. Última pregunta.

– Es común que te ubiquen en el lugar de uno de los exponentes más importantes del teatro, no sólo en nuestro país sino también en Europa y Latinoamérica. ¿Cómo te sentís con respecto a eso?

La pregunta lo incomoda. Agarra por primera vez una masita de la bandeja. Le da un mordisco. Se balancea en la silla con rueditas.

–  No, yo, mirá… No sé.  Es muy confuso cuando uno escucha lo que otros proyectan sobre vos. Digo, te ensañás cuando escuchás que hablan mal de vos y cuando hablan de esa manera tan elogiosa te sentís un gusano incapaz de actuar el rol que otros te adjudican.

Rafael suspira, piensa, se enreda y desenreda y, de a poco, va poniendo en palabras algo que se parece a una respuesta. Me habla de que no cree nada en la modestia y que incluso tiene una obra en donde la castiga como un pecado capital, que no hay nada peor que un artista validado y que él siempre apuesta a lo que va a venir. Que trabaja en un teatro muy modesto al que con suerte van 80 personas, pero que también está publicado en Europa. Que este es un tema que suele ponerlo muy incómodo y que a pesar de que, en parte, los dos discursos son verdad -el positivo y el negativo- él trata de revertir ambos.

– Es verdad que en contextos medio herméticos, como es la Ciudad de Buenos Aires, uno podría pensar que si ganaste un premio ACE ya está, ya has sido validado por los críticos. Pero después te encontrás con los críticos cara a cara y te das cuenta que no querés ni sentarte a tomar un café con ellos, que son unos idiotas. Hablo en general,  habrá gente muy inteligente también. Pero digo, esa instancia de validación es pobre, es chata, es enana.

– ¿Y entonces?

– Bueno, una de las cosas más enormes que me ha pasado en mi vida artística en relación a esto ocurrió en Italia. Una de las obras que montó mi traductora, Manuela Cherubini, fue Bizarra. El año en que la obra se realizó en Roma coincidió con el momento en el que Berlusconi decidió cerrar el Ente Teatral Italiano, lo que provocó que muchos teatros estatales se quedaran sin subsidio. En ese contexto, el Teatro Valle de Roma fue ocupado por artistas. Una comitiva de actores fue a la última función y cuando vino la seguridad a decirles que salgan, no salieron. Y ahí están desde hace ya dos años. El hecho fue que el logo de la toma, con el que la comitiva de artistas empapeló la ciudad, era una frase mía de Bizarra: “Com´e triste la prudenza”, que en castellano significa “Que triste es la cordura”.

Y cierra:

– Llegar a Roma y ver mi frase en las paradas de colectivos, me heló la sangre. Son ese tipo de validaciones extrañas, simbólicas, las que hacen que me interese creerme el lugar al que la obra ha llegado. No tanto en su recepción intelectual sino, más bien, en su recepción vital.

Listo. 17 horas, 6 minutos. Apago el grabador.

Rafael agarra la bandeja y se dispone a bajar la escalera. Se ríe y me comenta:

–  Ahora viajo a Italia a dar unos cursos y para mis alumnos yo soy el autor de esa frase. Tengo que estar a la altura… Cuando lean la obra les va a parecer una pavada.

Ingenuo por momentos -tal vez sólo en apariencia-, sagaz, reflexivo, complejo. Rafael apura el paso y yo también. Recuerdo lo que me dijo al llegar y entiendo el apuro. Bajo rápido la escalera detrás de él y lo sigo hacia la puerta, hacia donde me recibió casi dos horas atrás. Me despido y le deseo suerte en el pediatra.

Ahora, le toca el turno a Antón.

 

Nota publicada en “Monodramatikus, un extraño pasquín teatral” Nº3, “Música” en agosto de 2012.  http://issuu.com/monodramatikus/docs/monodramatikus_2/1?e=0

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One thought on “RAFAEL

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